Educando desde el hacer

Historias que marcan rumbos

Cientos de veces escuchamos hablar del potencial transformador de la educación, de la igualdad de oportunidades, de la preparación para el futuro: La educación como puerta hacia el mundo.

Pensando desde la grandilocuencia de estas ideas, cuán chiquito parece el día a día de un  docente en semejante océano idealista. Y sin embargo, es ese andar cotidiano son quienes  marcan a fuego (a veces sin demasiada conciencia) a niños o adolescentes inmersos en el sistema educativo.

Ser docente no es una tarea sencilla. Pero sí lo es por demás desafiante y gratificante. Esto seguramente también se ha escuchado más de una vez. Sólo aquellos que estuvieron en un aula frente a alumnos pueden entenderlo.

Durante mi recorrido como educadora, he vivido muchísimas experiencias. (Pido disculpas a esos primeros alumnos y papás que tuvieron que soportar tantos errores de oficio durante ese caminar. Es así, uno puede estudiar mucho, pero la experiencia es la que termina de formarte, la que te hace entender cómo es la profesión).

En ese peregrinaje, tuve la fortuna de cruzarme con las virtudes de enseñar y aprender a través de robots. Siempre tuve apego a las tecnologías y ya trabajaba con computadoras en la escuela. Incluso, había experimentado la enseñanza de programación en niños pequeños. Pero todo cobró un sentido distinto cuando viví la experiencia de enseñar a programar robots educativos. Y es fácil de entender: ¿Qué niño no se entusiasmaría con la presencia en la escuela de un “juguete” programable? La idea del juego, la construcción, el “gobierno” sobre un objeto apropiado es ya de por sí un desafío motivador para cualquiera.

Recién en 2008 tuve la oportunidad de llevar la robótica a la educación primaria pública. En la escuela del barrio de San Telmo, la realidad de familias y chicos era difícil. Pero el cariño de esas criaturas que carecían de la contención familiar, hacía que lo afectivo fuera más importante que lo cognitivo. No olvido esos abrazos y el “Seño!, viniste!”. Reconfortaban el alma.

Pensar en enseñar robótica allí parecía un proyecto utópico. Sin embargo no lo fue. A partir de un subsidio estatal, pudimos adquirir los primeros equipamientos. Superados los escollos logísticos típicos de la “burocracia del sistema”, comenzamos los primeros pasos en la experiencia.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

En pareja pedagógica con la docente de matemática, introdujimos a los alumnos de séptimo grado en el mundo de la construcción y la programación. Los chicos comenzaron a trabajar con entusiasmo y a comprender algunos procesos que antes parecían abstractos, lejanos.

Pero a la docente le preocupaba una alumna en particular: Mariela. Ella arrastraba una situación personal muy fuerte, y ésto se reflejaba muchas veces en su actitud frente al aula y a sus compañeros. Poco participativa, no se integraba y mucho menos se interesaba por aprender matemática. Mariela, estaba pero no estaba en el aula. Hasta que conoció a los robots.

La curiosidad apareció y le sugerí acercarse al grupo más próximo que tenía. Así lo hizo.Tímidamente, comenzó a interesarse por saber qué cosas podían hacerse con esas piezas, con sus motores, sus cables.  Le dijimos después, si ella quería comenzar a clasificar los componentes en las cajitas organizadoras. Enseguida, buscó criterios y las clasificó hábilmente. Luego, se ocupó de ver qué cosas podían armarse con todo eso. Ya más integrada, sugirió un armado posible y fue de a poco buscando su lugar para orientar a los demás compañeros en cómo se debía encastrar tal o cual pieza.

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Acompañamos el “despertar” de Mariela con pequeñas intervenciones, mediando entre ella y el grupo para que no hubiese marcha atrás en su positiva actitud.

Pero la revolución mayor fue cuando comenzaron a programar. Muchos de los grupos, que jamás se habían enfrentado al desafío de la programación, sintieron que esto era un fuerte escollo. Sin embargo, para sorpresa de todos, Mariela vio una oportunidad para aprender matemática. Se interesó en enlazar íconos, buscar cuál era la lógica, la secuencia necesaria para que ese robot construido diera sus primeros pasos. De ser esa niña retraída, escondida detrás en el aula, pasó a ser una referente entre sus pares con el entusiasmo de ser reconocida por su “nueva” cualidad. Valoramos tanto su cambio de actitud que Mariela formó parte de los alumnos que participaron de la Muestra anual de Ciencias de la Ciudad de Bs As. Quizás su entusiasmo por los robots, hizo que al año siguiente, se extendiera el mismo proyecto a 80 escuelas de la ciudad.

Ahora, ¿Qué hizo que esta niña se transformara en referente, que participara, que se motivara de semejante manera? ¿Fue solamente su yo interior? Seguramente en parte sí. ¿Y los docentes? ¿cuán protagonistas fuimos de este cambio?

Muchas Marielas están en el paso por las escuelas. Y muchos docentes quizás aceptan pasivamente su actitud, encerrados en lograr “transmitir contenidos”.

Pero la verdadera labor docente va más allá. La mirada atenta hacia el otro, esos pequeños empujoncitos que acompañan, animan, dan seguridad.

Existen principios que no se estudian, pero que son claves en la tarea. Saber qué pasa en ese niño o joven, más allá de lo académico. Transmitir alegría en lo que uno enseña, poner una cuota de humor a lo formal, involucrarse en sus aprendizajes, sentirlos como logros propios. Ser convincente, estar seguro que eso que enseñamos es lo mejor para ellos.

Muchos docentes temen ser reemplazados por las “nuevas tecnologías”. (Y a algunos, seguramente sería necesario que así les sucediera!) No a aquellos que ponen pasión en sus jornadas, que cambian rumbos, que plantean desafíos, que se emocionan, se ríen, se enojan. Que dan “toquecitos” de varita mágica. Esos son irremplazables.

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